Salvador Martínez Tarín
RAZONES PARA LA OBJECIÓN DE CONCIENCIA
El ejército quiere obedientes. No quiere listos, amables, sencillos, simpáticos, diligentes, sensibles, hábiles, fuertes… quiere obedientes.
Durante toda mi vida he convivido con las guerras en el mundo. Cercanas o remotas, relatadas por la historia de los vencedores o padecidas como una razón de persecución del diferente, del oponente o el extranjero, para conquistar territorio o apropiarse de los recursos de los otros. La guerra, como siempre, está ahí, omnipresente.

La guerra requiere ejércitos y los ejércitos se nutren de soldados para combatir.
A mí me toco hacer el servicio militar obligatorio durante un año, desde febrero de 1988 hasta enero de 1989.
Tras cumplir con el ejército español, solicite el reconocimiento como objetor de conciencia. El Ministerio de Justicia en diciembre de 1989 me concedió el paso a la situación de reserva de los objetores de conciencia hasta el primero de enero del año que cumplí los 34 años, fecha de obtención de la licencia absoluta.
Estos fueron mis argumentos para objetar en conciencia contra los ejércitos y la guerra:
“Durante doce meses y por designio del sistema social imperante, he vivido unas circunstancias que han repugnado diariamente a mi persona, han torturado y enfermado mi voluntad, dificultando el libre desarrollo de mi personalidad.
El establecimiento por el poder instituido de una prestación personal con carácter obligatorio en pretendido beneficio de la colectividad impone al individuo unas condiciones y modos de existencia cuyo grado de lesividad depende de la naturaleza de la prestación encomendada. En el caso del servicio militar, su carácter de prestación para la institucionalización de la fuerza como instrumento de dominio, determina un constante sometimiento de la voluntad individual, una privación de libertad, cuyo objetivo es la anulación de toda iniciativa, sea individual o colectiva, contraria a las pasiones tradicionales, a los valores, a las reglas de dominación que constituyen la esencia del sistema, para obtener como resultado el perfecto combatiente, dispuesto a matar y a morir sin preguntar.
El individuo, ciudadano hasta el momento de cruzar el umbral del cuartel, es rebajado a la condición de una chapa de identificación, de un número que será utilizado en variados tipos de estadística a favor o en contra de una determinada política de defensa. Se le viste de un color unificado, se le afeita la cabeza, se la adoctrina, se le grita, se le insulta, se le menosprecia y aplican pequeñas torturas físicas. Se le despersonaliza en definitiva con la intención de humillarle, de arrancarle el poco amor propio y orgullo que pueda haber generado su educación, para garantía de una obediencia sumisa.
El ejército quiere obedientes. No quiere listos, amables, sencillos, simpáticos, diligentes, sensibles, hábiles, fuertes… quiere obedientes. Obedientes instruidos para la muerte consciente del hombre por el hombre en defensa de oscuros y siempre ajenos intereses. La muerte de otros a los que no conoce, contra los que nada tienes, sin saber por qué, solo por el hecho de estar obligado a obedecer.
Con los ejércitos se consagra una de las más despreciables pasiones originarias del hombre salvaje, la opresión del semejante con ayuda de la amenaza de la fuerza, la esclavitud o servilismo hacia el poderoso, por miedo a las consecuencias de un acto libre y autónomo que pueda desagradar al dominante. Obediencia debida. Eres prisionero de mandatos que has de cumplir por muy absurdos que estos sean. Dominación de los que forman parte del grupo para conseguir o evitar la dominación de otros grupos, sacrificando siempre la libertad del individuo, convirtiéndose así el ejército en una fábrica de odio a tus semejantes.
La distribución jerárquica del poder en orden piramidal implica que la base del ejército, claramente mayoritaria, esté sometida a la voluntad de una cúpula cuantitativamente minoritaria a la que se accede por normas que garantiza el continuismo de los valores admitidos desde siempre, entablándose a menudo un diálogo tiránico a una sola banda, en el cual la base mayoritaria soporta, sin que se admita discrepancia, los mandatos de la superioridad. El ejército se constituye pues, como una comunidad en la que se imperan las más odiosas formas de alienación del individuo, con ayuda de la disciplina entendida como medio de obtención de obediencia y, cuya finalidad, es guardar celosamente los antiguos principios, silenciando todo intento de transformación.
El individuo soldado es manifiestamente un ser sin trascendencia, un elemento añadido cuanto más amorfo mejor. No interesa su opinión ni su bienestar cuando se trata de cumplir una misión, los valores a defender o a imponer tienen prioridad, sólo importan los resultados medidos por victorias tanto más gloriosas cuanto más contundentes sean. De este modo, cuando el individuo soldado es obligado a ser simplemente utilizado como elemento material de los ejércitos, surge en su pensamiento la contradicción entre su tarea como defensor y la agresión que está sufriendo ¿Acaso es necesario perder la libertad para defenderla?
Me declaro disidente pues creo que el ejército es una forma de esclavitud física y moral en la que el individuo, separado por la fuerza de su ambiente habitual, despojado de sus más elementales derechos y convertido en un económico peón sin jornada, es obligado a defender un interés general fijado de modo aleatorio por quien detenta el poder en cada momento, cometiendo actos de vileza contra su propia especie y por tanto contra su naturaleza. Podemos comportarnos como exige nuestra ética de buenos humanos, comprensivos y tolerantes con nuestros semejantes, diligentes en nuestro trabajo, críticos ante todo lo que percibimos, dirigiendo, en lo que a nosotros atañe, toda nuestra energía a la consecución de una vida armoniosa de paz, amor y felicidad.”
Por qué no se puede hacer otra cosa que contener la violencia para que prevalezca la Paz.
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